Evangelio (Lc 2,16-21)

Y fueron presurosos y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre. Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño.

Y todos los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho. María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón.

Y los pastores regresaron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, según les fue dicho.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno.


Comentario

Ser madre siempre es un plan de Dios. Pero ser la Madre de Dios estaba pensado solo para una mujer en la historia, María de Nazaret.

El evangelio de hoy nos revela algo sobre el misterio de la maternidad divina de María. No sabemos cómo Jesús fue concebido materialmente, como actuó el Espíritu Santo, pero sabemos cómo Jesús entendía lo que suponía ser su Madre: “Quien hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mc 3,35). Así el Hijo de Dios aclara que María es su Madre más por ser dócil al querer de Dios que por todas las tareas naturales de una madre.

Y ¿qué hace quien hace la voluntad de Dios? En los acontecimientos de la Navidad muchos oyen palabras divinas, como los pastores el anuncio de los ángeles o Zacarías la predicción de Gabriel, pero María hace algo más, ella “guarda todas estas cosas y las pondera en su corazón”. Se trata de una actitud que encontramos otras veces en María (cf. Lc 2,51).

Algunos artistas representan la escena de la anunciación como la Palabra de Dios que entra en el oído de María. Durante siglos en la antigüedad y la Edad Media tuvo especial difusión la creencia que la Virgen habría concebido a Jesucristo por el oído.

Esta actitud específica de nuestra Madre nos invita a renovar el deseo, al principio de un nuevo año, de acercarnos a la Palabra como algo que genera vida divina en nosotros y a nuestro alrededor. A veces será una frase de una lectura de la Misa, otras veces un salmo o un versículo del Evangelio leído antes de ir a la cama.

Una vez, a una mujer que escuchaba a Jesus le brotó del corazón una alabanza al vientre que le había llevado, pero el Maestro había replicado: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,28).

Si intentamos escuchar con atención lo que Dios nos dice y lo ponemos por obra, nos llenaremos de maravilla como los pastores y toda nuestra vida será para la gloria de Dios.