EN EL DISCURSO de la última cena, Jesús anuncia y promete el envío del Espíritu Santo: él será consuelo y fuerza para sus discípulos. El Señor lo llama «Espíritu de la verdad» porque nos «guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oiga y os anunciará lo que va a venir» (Jn 16,13). El Espíritu Santo no añade nada nuevo al Mesías; «recibe de lo mío y os lo anunciará», dice Jesús (Jn 16,14). Del mismo modo que Jesucristo dice solo lo que oye y recibe del Padre, «el Espíritu Santo es intérprete de Cristo. No nos conduce a otros lugares, lejanos de Cristo, sino que nos conduce cada vez más dentro de la luz de Cristo»[5].
En palabras de san Gregorio Nacianceno, «el Antiguo Testamento ha manifestado claramente al Padre, oscuramente al Hijo. El Nuevo Testamento ha revelado al Hijo e insinuado la divinidad del Espíritu. Hoy el Espíritu vive entre nosotros, y se hace ver con claridad»[6]. El Paráclito «enseña ahora a los fieles todas las cosas espirituales de que cada uno es capaz, mas también enciende en sus pechos un deseo más vivo de crecer en aquella caridad que los hace amar lo conocido y desear lo que no conocen»[7].
«Con la acción del Espíritu Santo ha irradiado una luz nueva sobre la tierra y en cada corazón humano que le acoge; una luz que revela los rincones oscuros, las durezas que nos impiden llevar los frutos buenos de la caridad y de la misericordia»[8]. Del mismo modo que cuando se rompe un frasco de perfume su olor se difunde por todas partes, al romperse el Cuerpo de Cristo en la cruz, su Espíritu se derramó en los corazones de todos[9]. Podemos pedir a María, hija, madre y esposa de Dios, que nos enseñe a entrar en la comunión trinitaria, para vivir y dar testimonio del amor que da sentido a nuestra vida.