CESAREA de Filipo está situada al norte de Israel, cerca del nacimiento del río Jordán. En uno de sus viajes, Jesús se acercó con los apóstoles hasta esta región. El Señor aprovechaba los trayectos, donde había momentos de más tranquilidad, para moldear con su palabra el corazón de los discípulos. En diversas ocasiones se ve cómo les explica las parábolas que no habían sabido descifrar, o responde a sus preguntas e inquietudes. Es fácil imaginar que entre ellos hablarían de los sucesos que habían vivido a su lado, de los milagros y signos extraordinarios de los que habían sido testigos. Después de tantos meses juntos, los apóstoles se iban formando una idea cada vez más precisa del Maestro. En la cercanía del Señor, sus corazones buscaban certezas, respuestas definitivas.

En este clima, al llegar a Cesarea, Jesús dirigió la conversación hacia esa cuestión. Primero les preguntó: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» (Mt 16,13). Ellos le respondieron lo que se comentaba en los corrillos que se formaban después de las predicaciones: que era un antiguo profeta o el mismo Juan Bautista, que había resucitado. Es decir, el pueblo lo consideraba un personaje religioso, uno más dentro de la larga lista de hombres de Dios. Pero, en realidad, al Señor no le interesaba tanto lo que se decía de él como lo que ellos, sus amigos, creían en su corazón. Por eso, a renglón seguido, dirigiéndose personalmente a los doce, les preguntó: «¿Y vosotros quién decís que soy yo?» (Mt 16,15).

Esta es la pregunta decisiva que hoy podemos volver a escuchar en nuestro corazón. Han pasado más de dos mil años y Jesús sigue planteándola a cada uno de los que somos sus discípulos: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?». Es una pregunta que no pide una respuesta aprendida en los libros, sino que debe ser personal, nacida de la experiencia de quien sigue de cerca al Señor. León XIV, en su primera homilía tras ser elegido Papa, comentaba que hoy no faltan contextos «en los que Jesús, aunque apreciado como hombre, es reducido solamente a una especie de líder carismático o a un superhombre, y esto no solo entre los no creyentes, sino incluso entre muchos bautizados»[1]. También por eso, cada encuentro con Cristo nos invita a purificar un poco más nuestra mirada y a renovar, desde dentro, la fe en quién es verdaderamente Jesús para nosotros.

 

[1] León XIV, Homilía, 9-V-2025.