EL PROFETA Isaías habla de un pueblo que caminaba en tinieblas y que llegó a ver «una gran luz» (Is 9,1). Sus habitantes, acostumbrados a morar entre sombras, se llenan de gozo, pues la oscuridad que los envuelve se disipa. Esta profecía anuncia lo que supone la llegada de Jesús al mundo: él es esa «gran luz» que da sentido a la vida de los hombres y que libera de la oscuridad del pecado.
La razón de nuestra alegría no es otra que sabernos salvados por Cristo. «El Señor es mi luz y mi salvación –exclama el salmista–: ¿a quién temeré?» (Sal 27,1). Él nos ofrece una paz que no depende de las circunstancias externas o de nuestro estado de ánimo, sino de algo mucho más seguro: la certeza de que Dios se ha hecho hombre, nos ha salvado de nuestros pecados y está siempre con nosotros. Por eso podemos repetir también con el salmista: «El Señor es el refugio de mi vida: ¿de quién tendré miedo?» (Sal 27,1). El cristiano no teme a nada, pues sabe que Jesús siempre le acompaña. «Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Rm 8,31).
Ciertamente, todas las personas atravesamos situaciones difíciles. Algunas serán más ordinarias –una incomprensión, un cambio de planes, un dolor físico–, y otras más extraordinarias –una enfermedad grave, la pérdida de empleo, un problema familiar–. Pretender que todo esto no nos afecte puede resultar ingenuo. Al mismo tiempo, esas circunstancias nos llevan precisamente a anclarnos en lo que es importante para nosotros: Jesús, que nos ofrece consuelo y sentido. «El hombre ha sido creado para la felicidad. Vuestra sed de felicidad, por tanto, es legítima. Cristo tiene la respuesta a vuestro deseo. Pero os pide que confiéis en él»[1].
[1] San Juan Pablo II, Discurso, 25-VII-2002.