«CIELOS, DESTILAD desde lo alto; nubes derramad al Justo; ábrase la tierra y brote el Salvador» (Is 45,8). La antífona de entrada de este cuarto domingo de Adviento expresa la necesidad que sentimos de un Dios que nos salve. En muchas ocasiones, nuestra oración consistirá en manifestar desde lo más profundo de nuestro corazón esas ansias de Dios. Tanto cuando palpamos nuestras limitaciones y sentimos el dolor de nuestras heridas, como cuando experimentamos alegrías en pequeños detalles, queremos que todo sea impregnado por el amor de Dios. Nos damos cuenta de que una vida con él es radicalmente distinta a una existencia encerrada en nosotros mismos.

El Hijo ha querido hacerse hombre para salvarnos. Y esa salvación solo se explica desde el gran amor de su Padre por nosotros. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito. Para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Al contemplar al Niño de Belén, ¿cómo no estar seguros del amor que siente Dios por nosotros y de su cuidado amoroso? En todos los acontecimientos que forman parte de nuestra existencia podemos estar seguros de que Dios nos habla y nos salva.

Podemos imaginar cuánto le habrá costado a nuestra Madre ver nacer a su querido hijo en la pobreza de un pesebre. Pero también en ese acontecimiento tan oscuro ante los ojos de los hombres habrá visto brillar la luz de Dios. «Lo que es verdaderamente grande a menudo pasa desapercibido y el quieto silencio se revela más fecundo que la frenética agitación que caracteriza nuestras ciudades»[3]. Podemos pedirle a ella que nos regale su sensibilidad y su corazón lleno de fe para que también nosotros podamos percibir a Dios en todos los detalles de nuestra vida. De este modo, así como san Juan el Bautista saltó de gozo en el vientre de su madre ante la presencia de la Virgen embarazada, así nosotros nos llenaremos de alegría al recordar el nacimiento de Jesús.

 

[3] Benedicto XVI, Discurso, 8-XII-2012.