Evangelio (Lc 19, 41-44)
En aquel tiempo, al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de todos lados, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita».
Comentario
Jesús ha llegado a Jerusalén para celebrar la Pascua con sus discípulos. Será la última que la celebre en esta tierra. Son días de gran intensidad y de emoción contenida. Al acercarse desde Betania, se detiene en el Monte de los Olivos y contempla la majestuosidad del Templo y las murallas de la Ciudad Santa. Jesús llora. No puede contener su dolor por la incapacidad de sus habitantes para reconocerle.
Esto provoca dolor en el corazón de Jesús: la historia de la infidelidad de su pueblo. Jesús llora por la cerrazón del corazón de la ciudad elegida, del pueblo elegido. Porque no tenía tiempo para abrirle la puerta: estaba demasiado ocupada y satisfecha de sí misma.
Al entrar en Jerusalén, los peregrinos que van con Jesús se dejarán contagiar por el entusiasmo y le proclamarán “Hijo de David”.
Pocos días después, Jesucristo saldrá de aquella ciudad cargado con un madero. El Rey de reyes y Señor de señores coronado con espinas, “despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado” (Is 53,3).
Este es Jesús, el Dios hecho hombre que llora por cada uno de nosotros. Porque también nosotros somos incapaces de reconocerle como aquel que conduce a la paz. Porque nuestro corazón, muchas veces ocupado y satisfecho de sí mismo, se cierra al Amor.
Jesús llora para que aprendamos a llorar con Él. Da su vida, para que podamos vivir.