JESÚS, durante su predicación, recurre a parábolas para ilustrar algunos aspectos de su enseñanza. En una ocasión, explicó el Reino de Dios usando tres imágenes: la buena semilla que se siembra junto a la cizaña, el pequeño grano de mostaza que llega a ser un árbol frondoso y la levadura que fermenta la masa (cfr. Mt 13,31-33). Los tres ejemplos están unidos por una acción común: el crecimiento. La buena semilla y la cizaña crecen juntas hasta que son separadas en el momento de la siega; la semilla de mostaza crece para convertirse en un gran árbol donde llegan a anidar los pájaros del cielo; un poco de levadura en la harina hace crecer la masa.
El Reino de Dios se caracteriza, por lo tanto, por su dinamismo, por estar siempre en movimiento. No es una realidad estática: está destinada a crecer cada día y en cada circunstancia histórica. El Reino de Dios crece sobre todo cuando el hombre deja espacio a la iniciativa divina, cuando aquella semilla puede desplegar toda su fuerza, especialmente en nuestro interior. Como un buen jardinero, el Señor cuida ese terreno que somos cada uno de nosotros, sabe esperar, «mira el campo de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren»[1].
Jesús nos da a entender que «dentro de nosotros se ha sembrado algo pequeño y escondido, que sin embargo tiene una fuerza vital que no puede suprimirse. A pesar de todos los obstáculos, la semilla se desarrollará y el fruto madurará»[2]. Se trata de una consoladora realidad: si no obstaculizamos el crecimiento de Dios en nosotros, su Reino está creciendo en nuestro corazón, muchas veces sin que nos percatemos con demasiada claridad.