EN OCASIONES podemos experimentar la aparente ineficacia de la oración. Confiamos a Dios una intención concreta y parece que nada cambia. Tratamos de ser buenos cristianos y nuestra vida está llena de dificultades. Pedimos al Señor que no nos abandone y, en cambio, nuestro desánimo crece. En esos momentos, puede surgir la impresión de que nuestros ruegos no encuentran respuesta.

Algo parecido debió de sentir la mujer cananea del Evangelio. Al enterarse de que Jesús se dirigía a Tiro y Sidón, salió de uno de aquellos lugares y se puso a gritarle: «¡Señor, hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio» (Mt 15,22). Podemos hacernos cargo del sufrimiento de esta madre: desearía estar ella en el lugar de su hija, pero todos los esfuerzos que ha hecho hasta ahora para ayudarla han resultado estériles. Quizá había oído hablar de los milagros de Jesús y por eso se acercó a él con la esperanza de que liberara a su hija. El Evangelio, sin embargo, recoge una reacción desconcertante del Señor: «Él no le respondió nada» (Mt 15,23).

«Si realmente deseas algo –comenta León XIV–, haz todo lo posible por conseguirlo, incluso cuando los demás te reprenden, te humillan y te dicen que lo dejes. Si realmente lo deseas, ¡sigue gritando!»[1]. Ante el silencio de Jesús, aquella mujer no se desanima; más bien sucede lo contrario: insiste con más fuerza, hasta el punto de que los discípulos suplican al Maestro que la atienda porque no deja de seguirlos. Esa constancia en la oración, aun cuando parezca que no da fruto, es una actitud que muchos santos han vivido y aconsejado. «Persevera en la oración –escribía san Josemaría. –Persevera, aunque tu labor parezca estéril. –La oración es siempre fecunda»[2]. Tenemos la seguridad de que «no hay ningún grito que Dios no escuche, incluso cuando no somos conscientes de dirigirnos a él»[3]. La escena de la cananea nos recuerda que el Señor conoce nuestros corazones y desea acrecentar nuestra fe precisamente en medio de las circunstancias que atravesamos. Ante peticiones semejantes, Jesús actúa y responde de modos distintos. Por eso, no dejemos de acudir a él, como hoy nos enseña esta mujer. Aunque todavía no ha tenido lugar la curación de su hija, su insistencia ya ha producido el fruto que Cristo busca en ella: una fe que no se viene abajo ni ante el sufrimiento de su hija ni ante el silencio de Jesús.

 

[1] León XIV, Audiencia, 11-VI-2025.

[2] San Josemaría, Camino, n. 101.

[3] León XIV, Audiencia, 11-VI-2025.