Los dos discípulos de Emaús no reconocieron, en un primer momento, la luz de la resurrección. En medio de la oscuridad prefirieron dirigirse hacia el lugar en el que se sentían seguros: su tierra natal. Optaron por poner la esperanza en lo que ya conocían: su hogar, su trabajo, los proyectos personales… Todo esto lo habían abandonado para seguir a Jesús. Pero ahora que aparentemente había desaparecido aquel que daba sentido a esa entrega, piensan que lo único que les queda es volver a su vida de antes.

Estos discípulos, al poner sus ilusiones en recuperar su vida del pasado, no consiguen abrirse a la verdadera esperanza. De camino hacia Emaús tenían una meta clara, pero por dentro se sentían perdidos. Han oído que algunas mujeres no han encontrado el cuerpo de Jesús y que unos ángeles les han dicho que vive, pero ellos no creen. Tampoco la confirmación de que otros discípulos han visto lo mismo les hace cambiar de planes (cfr. Lc 24,22-24). Por eso, cuando se alejan de Jerusalén y se encuentran al Señor, «sus ojos eran incapaces de reconocerle» (Lc 24,16). El evangelista hace notar que, a la pregunta de Jesús sobre lo que estaban hablando, los dos «se detuvieron entristecidos» (Lc 24,17).

Ese estado de ánimo de los discípulos es el mismo de quien cede a la tentación de deshacer el camino andado. Al principio esa nueva dirección nos hipnotiza con «cosas bellas pero ilusorias, que no pueden mantener lo que prometen, y así nos dejan al final con un sentido de vacío y de tristeza. Ese sentido de vacío y de tristeza es una señal de que hemos tomado un camino que no era justo, que nos ha desorientado»[2]. En cambio, junto al Señor podemos iluminar el presente –con sus señales de vida y de muerte– para integrarlo en el proyecto que con él empezamos. La situación de sinsentido y oscuridad no es la definitiva, ni es una buena brújula en momentos de desorientación. En todo momento tenemos la oportunidad de recomenzar, de reconocer a Jesús resucitado que nos encuentra en el camino y nos da la verdadera esperanza: todo se puede integrar si se escucha de nuevo su invitación a escucharle y a seguirle. Nuestra vida no está perdida si vivimos junto a él. «Solo el Señor puede darnos confirmación de lo que valemos. Nos lo dice cada día desde la cruz: ha muerto por nosotros, para mostrarnos cuánto somos valiosos a sus ojos. No hay obstáculo o fracaso que pueda impedir su tierno abrazo»[3].