JUAN el Bautista era consciente de que su grandeza venía de aquel a quien precedía. Toda su vida giró en torno al Mesías. Su misión fue la de preparar los corazones de los hombres para su llegada. Por eso, cuando lo vio pasar, quiso que los allí presentes reconocieran a quien daba sentido a su existencia: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es de quien yo dije: “Después de mí viene un hombre que ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo”. Yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel» (Jn 1,29-31). De un modo análogo, el cristiano sabe que la luz que puede transmitir no es propia, sino del Señor.
Quizá llama la atención que el Bautista dijera «yo no le conocía», pues desde el seno de Isabel Juan había experimentado la cercanía de Cristo, cuando María visitó a su madre (cfr. Lc 1,41-42). Podemos suponer que en otros momentos, siendo niños y jóvenes, también se hubieran encontrado. Sin embargo, por muchas veces que Juan hubiese estado con Jesús, no sería suficiente para conocerle profundamente: siempre descubriría aspectos nuevos de su persona y de su misión.
«Aprendamos de Juan el Bautista a no dar por sentado que ya conocemos a Jesús, que ya lo conocemos todo de él. No es así. Detengámonos en el Evangelio, quizá incluso contemplando un icono de Cristo, un “Rostro Santo”. Contemplemos con los ojos y más aún con el corazón; y dejémonos instruir por el Espíritu Santo, que dentro de nosotros nos dice: ¡Es él! Es el Hijo de Dios hecho cordero, inmolado por amor»[1]. Si miramos así a Jesús, como el Bautista, siempre con una apertura para conocer más y más al Señor, sin dar por hecho que ya le conocemos suficientemente, podremos transmitir mejor esa luz que viene de Dios, que no se apaga, y que tantas personas buscan a tientas.
[1] Francisco, Homilía, 19-I-2020.