«ALEGRAOS SIEMPRE en el Señor; os lo repito, alegraos. El Señor está cerca» (Fil 4,4-5). En la liturgia de la Iglesia, el tercer domingo de Adviento es conocido como domingo «gaudete» o «de la alegría», y se nos invita a reflexionar sobre la causa de nuestro gozo. Todos, en lo más profundo de nuestra alma, ansiamos ser felices. Sin embargo, en ocasiones buscamos esa alegría solo en aspectos parciales de nuestra vida: en poseer ciertos bienes materiales, en el reconocimiento social que recibimos, en adquirir algún tipo de cualidad o en una serena vida familiar. Todo esto es bueno, sin duda, pero san Pablo nos recuerda que esas alegrías solo llegan a su plenitud cuando están enraizadas en la felicidad que nos regala Jesús: «Alegraos siempre en el Señor».
El profeta Isaías, por su parte, invita con fuerza a su pueblo a vivir con alegría, a pesar de las asechanzas de sus enemigos o de las numerosas veces que se ha alejado de su Dios: «Que el desierto y la tierra árida se alegren, que se goce la estepa y florezca como las azucenas» (Is 35,1). También nosotros, incluso cuando se insinúan las tentaciones o cuando estamos cansados, podemos conservar esa alegría en el fondo de nuestros corazones. Y esta posibilidad, gracias a la cercanía de Cristo, es lo que celebramos en Navidad.
La alegría «es la respiración, el modo de expresarse del cristiano»[1]. Así como la respiración es la primera manifestación de la vida, la alegría sincera es una manifestación de que Jesús ofrece una respuesta auténtica a los anhelos profundos de nuestro corazón. «Fortaleced las manos débiles, y consolidad las rodillas que flaquean. Decid a los pusilánimes: ¡Cobrad ánimo, no temáis!» (Is 35,3-4), sigue diciendo el profeta Isaías en la primera lectura de hoy. Dios, de una manera sorprendente, manifiesta más alegría por la Navidad de la que tenemos nosotros mismos: así de grande es su anhelo por encontrar un espacio en nuestra vida.