«DIOS construye su excelso palacio en el cielo y pone su cimiento en la tierra –dice el profeta Amós, describiendo al Señor, creador del universo–, llama a las aguas del mar y las derrama sobre la superficie de la tierra» (Am 9,6). Quizá Jesús, al leer estas palabras del profeta, también se pasmaría al considerar cómo la creación entera nos revela a su Padre. Tal vez por eso, con frecuencia el Evangelio nos presenta al Señor que sale al aire libre, a la orilla del lago, como si quisiera aprovechar el imponente marco de la naturaleza –de la obra de su Padre Dios– para hablar a quienes tiene cerca.
Aunque la orilla es espaciosa, esta vez el lugar se llena enseguida. Se ha difundido la voz de que Jesús está allí. La playa se hace pequeña, por lo que el Señor se tiene que subir a una barca. Desde esa tribuna balanceante e improvisada, se dirige a la multitud y cuenta la historia de un sembrador que salió a trabajar. «Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta» (Mt 13,1-23).
Para muchos de los presentes sería fácil imaginarse la escena, pues era una realidad que tenían a la mano. Probablemente a más de uno le habría ocurrido algo similar. Jesús busca modos de hacerse entender, intenta tocar la inteligencia y el corazón, habla a sus oyentes en el idioma de su propia experiencia. En definitiva, sabe ponerse en la piel de los que le escuchan, porque le mueve un profundo espíritu de servicio. «Dios no es (…) una inteligencia matemática muy apartada de nosotros. Dios se interesa por nosotros, nos ama, ha entrado personalmente en la realidad de nuestra historia, se ha auto-comunicado hasta encarnarse»[1]. ¿Damos también nosotros testimonio del mensaje cristiano con ese deseo de ponernos en la situación de los que nos rodean, conociendo sus preocupaciones e ilusiones?
[1]Benedicto XVI, Audiencia, 28-XI-2012.