CUANDO los apóstoles se enteraron de que los samaritanos habían escuchado la palabra de Dios, pero todavía no habían recibido el Paráclito, mandaron a Pedro y Juan. «Estos, nada más llegar, rezaron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo, pues aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solo estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo» (Hch 8,15-17).

Ese impulso misionero, continuamente renovado, aparece a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Y es un motivo de esperanza en la tarea de evangelización en la que nosotros también estamos inmersos. «El Espíritu acompaña a la Iglesia en el largo camino que se extiende entre la primera y la segunda venida de Cristo: “Me voy y volveré a vosotros” (Jn 14,28), dijo Jesús a los apóstoles. Entre la “ida” y la“vuelta” de Cristo está el tiempo de la Iglesia, que es su Cuerpo; están los dos mil años transcurridos hasta ahora. Tiempo de la Iglesia, tiempo del Espíritu Santo: él es el Maestro que forma a los discípulos y los hace enamorarse de Jesús, los educa para que escuchen su palabra, para que contemplen su rostro»[6].

Durante sus primeros años de sacerdocio, san Josemaría tenía en su breviario unas estampas que usaba para señalar las páginas. Un día le pareció que se estaba apegando a ellas y las sustituyó por unos papeles, en los que más tarde escribió: Ure igne Sancti Spiritus!, ¡quema con el fuego del Espíritu Santo! «Los he usado durante muchos años –recordaba–, y cada vez que los leía, era como decirle al Espíritu Santo: ¡enciéndeme!, ¡hazme una brasa!»[7]. Con esos mismos deseos nos podemos preparar, perseverando en oración junto a María (cfr. Hch 1,14), para recibir al Espíritu Santo en nuestros corazones. Así, encendidos en nuestro amor a Dios y a los demás, sabremos el calor divino a todas las personas, como hicieron los apóstoles.

 

[5] Francisco, Audiencia, 13-IV-2022.

[6] Benedicto XVI, Homilía, 13-V-2007.

[7] Salvador Bernal, Josemaría Escrivá de Balaguer, Rialp, 1980, p. 337.