«AL DÍA siguiente, Juan vio a Jesús que venía hacia él» (Jn 1,29). Nuestro Señor va al encuentro del Bautista como uno más, mezclado entre aquellos miles de personas que acudían de todas partes. «Jesucristo, que es Juez de los pecadores, viene a bautizarse entre los esclavos»[1]. Para toda aquella multitud, el carpintero de Nazaret era uno de tantos. Pero la mirada del Bautista descubrió en aquel peregrino al Hijo de Dios y se resistía a bautizarle. «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» (Mt 3,14). Jesucristo insistió y Juan, al fin, tuvo que transigir.
«Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”» (Mt 3,14). Dice san Juan Pablo II que «la predicación de Juan concluía la larga preparación, que había recorrido toda la Antigua Alianza y, se podría decir, toda la historia humana, narrada por las Sagradas Escrituras. Juan sentía la grandeza de aquel momento decisivo, que interpretaba como el inicio de una nueva creación, en la que descubría la presencia del Espíritu que aleteaba por encima de la primera creación (cf. Jn 1,32; Gn 1,2). Él sabía y confesaba que era un simple heraldo, precursor y ministro de Aquel que habría de venir a “bautizar con Espíritu Santo”»[2].
Pocos días después Juan recibió una embajada singular. «¿Os acordáis –preguntaba san Josemaría– de aquellas escenas que nos cuenta el Evangelio, narrando la predicación de Juan el Bautista? ¡Buen murmullo se había organizado! ¿Será el Cristo, será Elías, será un Profeta? Tanto ruido se armó que “los judíos le enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas, para preguntarle: ¿tú quién eres?” (Jn 1,19). A lo que Juan respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia» (Jn 1,26-27).
A nosotros también se nos descubrió el Señor cuando nos hizo ver, con la luz del Espíritu Santo, que estaba a nuestro lado en el camino de la vida. Entonces, como a Juan, nos pidió que diéramos testimonio de Él.