«LA CONMEMORACIÓN ANUAL del nacimiento del Mesías en Belén renueva en el corazón de los creyentes la certeza de que Dios cumple sus promesas. Por tanto, el Adviento es un fuerte anuncio de esperanza»[1]. Y al considerar la esperanza, podemos caer en el error de pensar que se trata de algo orientado exclusivamente hacia el futuro; parecería que, de frente a una adversidad de cualquier tipo, recurrir a esta virtud consistiría en rechazar el pasado, cerrar los ojos al presente y soñar con un futuro mejor.

Sin embargo, no es casualidad que este tiempo litúrgico de esperanza se sitúe entre la memoria de la primera venida de Jesucristo en Belén y la expectativa de su retorno glorioso al final de los tiempos. Es decir, el Adviento nos recuerda, al mismo tiempo, el pasado y el futuro. «Nuestra esperanza no carece de fundamento, sino que se apoya en un acontecimiento que se sitúa en la historia y, al mismo tiempo, supera la historia: el acontecimiento constituido por Jesús de Nazaret»[2].

San Mateo nos presenta a Juan Bautista como el precursor de Cristo. Él anuncia la llegada inminente de quien había sido esperado durante tanto tiempo: «Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos». Pero ese Mesías no se hará presente con una demostración de fuerza, como muchos imaginaban: lo hará naciendo en un pesebre. Dios no se ha quedado como un ser lejano, difícil de conocer, que entiende poco de nuestros problemas y con quien es casi imposible relacionarnos. El creador ha entrado en nuestra historia como uno más y se ha hecho muy cercano: esta es la raíz de nuestra esperanza.

[1] San Juan Pablo II, Audiencia, 17-XII-2003.

[2] Benedicto XVI, Homilía, 1-XII-2007.