ENTRE los personajes del Antiguo Testamento, Elías ocupa un lugar especial. De él dice la Escritura que era «semejante al fuego» y que su «palabra quemaba como una antorcha» (Sir 48,1). La primera lectura de este domingo nos revela, sin embargo, que el secreto de este profeta no estaba en una fuerza propia e inagotable, sino en haber aprendido a buscar en Dios toda su fortaleza. Tras las amenazas recibidas después de su victoria ante los sacerdotes de Baal, Elías huye hasta el Horeb y se refugia en una cueva. Allí el Señor sale a su encuentro con una pregunta que lo invita a abrir el corazón: «¿Qué te trae aquí, Elías?» (1Re 19,9). El profeta responde con el alma encendida y agitada. Entonces, a través de un ángel, Dios lo llama a salir: «Sal y quédate en la montaña, delante del Señor» (1Re 19,11). Pasan ante él un viento impetuoso, un terremoto y un fuego, pero el Señor no estaba en aquellas fuerzas desatadas. Solo cuando llega «un susurro de brisa suave» (1Re 19,12), Elías reconoce la presencia de Dios, se cubre el rostro con el manto, sale de la cueva y se detiene ante el Señor. Entonces escucha de nuevo la misma pregunta: «¿Qué te trae aquí, Elías?» (1Re 19,13). Y, en esa oración serena, el profeta puede abrir otra vez su corazón. Después de esa experiencia, Elías ya no permanece encerrado en su cueva. Fortalecido en su misión, regresará sin miedo entre su gente para ungir a reyes y profetas.

En cierto sentido, nuestra oración se parece a la de Elías. Acudimos a rezar porque el Señor nos llama. Dios quiere que nos demos cuenta de ello, y por eso nos pide que empecemos con un examen sincero: «¿Qué te trae aquí?». A veces, él insiste, porque el miedo nos lleva a quedarnos encerrados en nuestra cueva, en nuestras seguridades; o porque las fuerzas que agitan nuestro mundo interior nos impiden oír su voz. En otras ocasiones, con la ayuda de alguien que nos orienta –los consejos de un amigo o de un sacerdote que predica una meditación, las palabras del Papa o de un santo, una sugerencia en la dirección espiritual–, el Señor nos enseña a salir de nuestra cueva y a ponernos de verdad en su presencia. Así aprendemos a discernir esos impulsos interiores y a entrar en su descanso, dejando que su cercanía nos llene de paz. Es entonces cuando escuchamos su voz y podemos descubrir y hacer nuestra su voluntad, dejando que encienda en nosotros, de nuevo, el sentido de misión.