JESÚS sabe que, en pocas horas, será apresado por los soldados, así que se prepara para vivir la Pasión. Decide pasar sus últimos momentos con quienes había compartido más tiempo en esta tierra, aquellos a quienes amaba de manera especial: los apóstoles. A ellos, al acabar la Última Cena, les abre su intimidad: es perfectamente consciente de que llegará el dolor, el abandono, la tristeza, pero no deja que cunda el dramatismo entre sus discípulos. «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí» (Jn 14,1).
Esta es la clave que el Señor da a sus discípulos para afrontar lo que está por venir: fiarse de él. Puede parecer una indicación demasiado genérica, pero en realidad responde a una necesidad esencial en el ser humano: la búsqueda de referencias, la necesidad de apoyarse en alguien. Cuando una persona, por ejemplo, se pierde por la calle, primero trata de localizar un lugar que le resulte familiar para, desde ahí, volver a trazar la ruta hacia su punto de destino. Jesús les recomienda lo mismo a los apóstoles para cuando se sientan perdidos en las jornadas de la Pasión: creer en él. Es decir, saber que no será un sufrimiento en vano, sino que, como había anunciado, será para darnos la vida.
También nosotros, como los apóstoles, podemos experimentar situaciones en las que sentimos la ausencia de Jesús. El cansancio, la incomprensión, o la enfermedad pueden superar nuestras fuerzas y hacernos creer que estamos solos. Y es en esos momentos cuando el Señor nos pide que confiemos en él, «que no nos apoyemos en nosotros mismos sino en él. Porque la liberación del turbamiento pasa por la confianza. Encomendarse a Jesús, dar el “salto”. Y esta es la liberación de la angustia. Jesús ha resucitado y está vivo precisamente para estar siempre a nuestro lado. Ahora podemos decirle: “Jesús, creo que has resucitado y que me acompañas. Creo que me escuchas. Te traigo todo lo que me turba, mis problemas: tengo fe en ti y me encomiendo a ti”»[1].
[1] Francisco, Regina Coeli, 10-V-2020.