«EL VERBO era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Jn 1,9). Impulsados por estas palabras de san Juan, hoy pedimos al Señor que el brillo de la verdad guíe nuestras vidas; que nos haga cada vez más capaces de reconocer, como dirigidas a cada uno, las palabras, gestos y acciones del Maestro; que aprendamos a meternos en las escenas de los evangelios para pasar el día con Jesús en su recorrido por Galilea y Judea. Queremos, así, ser testigos de sus milagros y curaciones; queremos escucharle hablar del amor incondicional e infinito de su Padre por nosotros.

Para entrar en la vida del Señor necesitamos dedicar un momento de nuestro día a leer el evangelio. Precisamente el Domingo de la Palabra de Dios ha sido instituido para que los cristianos recordemos, una vez más, el gran valor que esta Palabra ocupa en nuestra existencia cotidiana. «Hagamos espacio dentro de nosotros a la Palabra de Dios. Leamos algún versículo de la Biblia cada día. Comencemos por el Evangelio; mantengámoslo abierto en casa, en la mesita de noche, llevémoslo en nuestro bolsillo o en el bolso, veámoslo en la pantalla del teléfono, dejemos que nos inspire diariamente. Descubriremos que Dios está cerca de nosotros, que ilumina nuestra oscuridad y que nos guía con amor a lo largo de nuestra vida»[4]. Tal vez un buen propósito para este año que acaba de comenzar puede ser el de gustar y ver qué bueno es el Señor a través de las páginas del evangelio. Le pedimos al Espíritu Santo que aprendamos a escuchar allí el susurro divino que nos hace sentir acompañados, inspirados, comprendidos.

La Virgen María es la que mejor recibió esa Palabra y la hizo carne de su carne. En ella se cumplen a la perfección las palabras de san Juan: «A cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios» (Jn 1,12). María ha entendido que esa Palabra era para ella: aquel día en que vino a verla el arcángel san Gabriel y cada día de su vida.

 

[4] Francisco, Homilía en el Domingo de la Palabra de Dios, 26-I-2020.