Publicamos a continuación el mensaje que dirigió nuestro Obispo Samuel con ocasión del Te Deum realizado en la Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Villa Nueva, el día 25 de mayo pasado.

Homilía del Te Deum (25 de mayo de 2017)

“Es de bien nacidos ser agradecidos”. Con alegría me uno, a la acción de gracias que hoy nuestra querida ciudad de Villa Nueva hace a Dios por el don de nuestra patria. Esta gratitud nos hace capaces de nuevos dones y nos fortalece para superar nuestros problemas y frustraciones. Es por ello que debemos aprovechar el entusiasmo del festejo para acometer los desafíos que se nos presentan actualmente.

Me parece que necesitamos ante todo la suficiente humildad para reconocer nuestras presentes dificultades comunitarias. Treinta y tres años de vida democrática nos inhiben de culpar a otros de nuestros males. Nosotros, el conjunto de la sociedad, en mayor o menor medida, por acción u omisión, somos responsables del estado de nuestra patria.

En medio de abundantísima riqueza natural y grandes talentos humanos, tenemos un tercio de la población en la pobreza y sin vivienda; la mayoría de los jóvenes que terminan el colegio secundario, en una nueva forma de analfabetismo, no entienden lo que leen; el impulso de la libertad educativa es constreñida por el ahogo económico del estado; las más diversas adicciones paralizan nuestras fuerzas espirituales, consumen nuestra capacidad de ser felices y matan a muchos de nuestros jóvenes; las generalizadas sospechas y denuncias de corrupción enervan las fuerzas de la convivencia cívica y las instituciones republicanas; el terrorismo aun es exaltado cuando el mundo entero se horroriza de él; la violencia verbal y física penetra todos los estamentos de la vida comunitaria: el trabajo, la educación, el deporte, la política, la diversión, la circulación pública y hasta la misma célula de la sociedad, la familia, destrozada también por la desunión y la apatía de quienes no tienen entusiasmo para unir sus vidas en el matrimonio, fundamento sólido de la vida familiar y social.

Nuestra patria no necesita nuevas revoluciones sino una profunda renovación. Pero… ¿dónde encontrar las fuentes inspiradoras para esa honda renovación que necesitamos? ¿Qué podemos aportar los cristianos a esta reforma y al sano debate sobre cómo realizarla? Ciertamente, la luz de la fe, la fuerza de la caridad, así como el estímulo para el uso de nuestra inteligencia y razón natural.

1. Hace unos años, nos enseñó magistralmente el Papa Benedicto: “En la historia, los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre basados en un

motivo religioso: sobre la base de una referencia a la Divinidad se decide lo que es justo entre los hombres. Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado o a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En vez de eso, ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, ha remitido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que presupone que ambas están fundadas en la Razón creadora de Dios” (Discurso de Benedicto XVI en el Bundestag de Berlín, 22-09-2011).

Más allá de las apariencias y de las propagandas, necesitamos urgentemente ver con honestidad nuestros problemas y debatir racionalmente sus soluciones, desterrando la mentira de nuestra vida pública, así como la descalificación de quien piensa distinto a nosotros. Muchas soluciones las encontraremos en el inteligente redescubrimiento de la naturaleza humana y de la naturaleza de la sociedad civil, alentados también por el creciente afán moderno de respetar la ecología y el orden natural. El papel de la Iglesia en el debate público no es el de proponer soluciones políticas concretas, cosa que está fuera de la competencia de las religiones, pero sí debemos alentar moralmente la búsqueda de la verdad, su humilde aceptación y su tenaz seguimiento.

2. Al meditar con fe las enseñanzas bíblicas que Dios nos da sobre la sociedad humana, sobresalen la justicia y la paz, como las condiciones necesarias y propicias para que cada uno de nosotros pueda buscar y encontrar en su interior el sentido de su vida, el porqué y para qué fue creado, así como el camino para alcanzar su felicidad auténtica, en este mundo y en la eternidad.

Esto es lo que el Papa Francisco nos augura y pide a Dios para nosotros en el saludo que nos envió por este día: el adecuado “desarrollo material y espiritual, propiciado por un clima de serenidad, paz y respeto mutuo”.

¿Con qué fuerzas lo alcanzaremos? Cristo resucitó triunfando sobre el pecado y sobre la muerte. Esta es la gran oferta que los cristianos hacemos al mundo y también a nuestra patria Argentina. Nuestros problemas tienen solución. Podemos alcanzarla en Cristo mediante la oración sencilla, hecha en el fondo del corazón, en la intimidad familiar y en la Misa dominical. No perdamos nunca la esperanza y empeñémonos en vivir como lo hicieron tantos antepasados nuestros entregando generosamente su vida al servicio de los hermanos y de nuestra comunidad nacional. También a ellos les agradecemos el gran regalo de nuestra querida patria.

Que así sea.