El 9 de julio de 2016, con ocasión del Bicentenario de la declaración de independencia de nuestro país, se realizó un solemne Te Deum en la Iglesia Catedral, del que participaron autoridades del poder ejecutivo local.

Compartimos el mensaje de nuestro Obispo en dicha ocasión.

Homilía Te Deum del Bicentenario

Villa María, 9 de julio de 2016.

 

Siguiendo una tradición que se remonta a los mismos orígenes de nuestra nación, los argentinos nos reunimos hoy para dar gracias a Dios por nuestra patria, con el rezo y canto del Te Deum. Lo hacemos con todo el corazón, porque la patria es un regalo de Dios, un don de su amor que estamos llamados a cuidar y desarrollar.

Pero la fiesta de los cristianos no consiste en el simple aturdimiento juvenil. La fiesta de los cristianos es un sereno desbordarse de la vida, que se reconoce buena y abundante, más allá de los problemas y dolores que nunca nos faltan. Es por eso que la fiesta no es un lujo sino una necesidad, también para sobreponernos ante el cúmulo de frustraciones que la vida trae consigo, sea a nivel personal o social.

La fiesta es un triunfo sobre la desesperanza, la angustia y la soledad. Por eso es un evento social, comunitario. Nadie hace fiesta solo, porque nadie triunfa solo. La petulancia del soberbio o el aturdimiento del frívolo no son fiesta, son gritos o risotadas que ocultan el fracaso y la soledad, preparando nuevos abismos de frustraciones por no haber sabido vencer con la humildad, la esperanza y la generosidad los tropiezos que a nadie le faltan.

La celebración de hoy tiene una resonancia particular por conmemorarse 200 años de la declaración de nuestra Independencia. Es justo hacer fiesta grande y no detenernos en las pequeñeces y mezquindades que ocupan la crónica de estos días.

No por esto podemos obviar la consideración serena de nuestras circunstancias, para poder lanzarnos entusiastas a la consecución de nuevas metas personales y sociales. Estamos ante una magnífica ocasión para “estimular el diálogo desde un hecho histórico que nos dio origen como nación y que, a su vez, nos interpela a pensar juntos qué país queremos ser”[1]. Por ello buscamos “dar gracias por el legado que nos dejaron nuestros mayores, interpretar nuestro presente a la luz de nuestra fe y decir una palabra esperanzadora”[2].

Al producirse la declaración de nuestra independencia, estaba nuestra nación sumida en un proceso de violentos enfrentamientos civiles y anárquicos por carecer de una autoridad libremente aceptada que uniera y pacificara la sociedad. Precisamente buscando la paz, nuestros mayores decidieron reunirse en congreso. La declaración de la independencia fue uno de los pasos necesarios para establecer el nuevo orden social.

Los diputados del congreso de Tucumán sesionaron en una típica casa colonial, cedida y adaptada por una familia para los encuentros y deliberaciones. Qué bueno que podamos contemplar la casa histórica donde se juró la independencia, como símbolo de lo que queremos ser como Nación: una “casa común” para todos, integrantes de una familia grande capaces de compartir la vida. “Esta casa común la construimos entre todos por medio del diálogo activo, que busque consensos y propicie la amistad social hacia una cultura del encuentro”[3].

La declaración de la independencia no sacó a nuestro pueblo del desorden en que había caído. Hicieron falta más de 35 años para que el dolor de la muerte en luchas violentas y la pobreza consecuente suscitaran la humildad y abnegación necesarias para que el país se organizara civilmente, encontrando caminos de paz y progreso. Ese proceso tuvo un momento clave cuando fuimos capaces de darnos una constitución. Gran importancia tuvo para ello el sermón que Fr. Mamerto Esquiú pronunciara en Catamarca el 9 de julio de 1853 con ocasión de la jura de nuestra nueva constitución. ¿Qué dijo entonces el Venerable Esquiú? ¡Obedeced a la ley! Porque la independencia se había convertido de hecho en un grito vacío que lejos de darle libertad a nuestros pueblos, sólo le dio guerra civil, anarquía, muerte y pobreza[4].

Esquiú nos sigue hablando hoy. Tenemos que reconocer que “el ideal de vivir la Argentina como una gran familia, donde la fraternidad, la solidaridad y el bien común incluya a todos los que peregrinamos en su historia, está muy lejos de haberse alcanzado”[5]. La independencia proclamada hace dos siglos, todavía no se ha traducido en libertad, paz y progreso para todos. Nuestro pueblo vive atemorizado por la inseguridad pública y doméstica. Nos estamos matando unos a otros por razones ligeras. Nos estamos robando unos a otros por avaricias y vicios insaciables. Varias veces en nuestra vida hemos visto saqueados nuestros ahorros y el esfuerzo de nuestro trabajo por la inflación y diversas formas de estatizaciones forzosas.

Muchas razones pueden esgrimirse para explicar este fracaso. No es función sacerdotal discutir las cuestiones políticas, económicas o sociológicas. Pero sí es deber sacerdotal recordar el fin trascendente para el cual hemos recibido la vida, sin el cual todos los intentos de poner orden social resultan estériles o violentos. La patria encuentra su orden cuando se reconoce como el ámbito en el cual cada uno pueda más fácilmente descubrirse como hijo de Dios, llamado a conocerlo y gozarlo por toda la eternidad en compañía amable y fecunda con las otras personas que nos puso como hermanos.

Muchas explicaciones tienen nuestras frustraciones pero no puede soslayarse la importancia primordial que la mentira adquirió entre nosotros. Hace décadas que colectivamente hemos elegido el camino de engañarnos mutuamente, en público y en privado. Hemos elegido el camino de no querer ver nuestra verdad y decírnosla amablemente, constructivamente. Nuestra patria está enferma de mentira, por lo cual hemos caído en una voluntaria y culpable ceguera colectiva. Podemos recuperar la vista si aprendemos a llorar nuestros pecados con lágrimas que lavarán nuestros ojos, devolviéndonos la alegría profunda de la luz. El humilde reconocimiento de nuestras propias culpas, así como el perdón pedido y generosamente dado, nos llevarán a sanar con lágrimas dulces muchas heridas de nuestra patria.

“Es cierto que el desafío es enorme y el poder de corrupción y extorsión de los grupos criminales es grande. Pero no es verdad que nada se puede hacer. La esperanza cristiana nos enseña que todo es rescatable y estamos invitados a participar”[6]. Hay muchas cosas por cambiar. La calidad de vida de las personas está fuertemente vinculada a la salud de la instituciones, cuyo deficiente funcionamiento se paga caro[7]. Sufrimos una crisis de representatividad en toda nuestra clase dirigente, no sólo de la dirigencia política partidaria. Necesitamos recuperar el sano interés por servir al bien común con la actividad política y con otros modos de asociación en favor de la comunidad y las personas más necesitadas. El servicio a la comunidad no comienza ni concluye en la actividad política. Ni son los políticos los únicos responsables de nuestros bienes y males. “El bien común es un deber de todos los miembros de la sociedad. Ninguno está exento de colaborar, según las propias capacidades, en su realización y desarrollo”[8].

Para que la democracia sea efectiva y real, debe darse también a nivel social y económico, asegurando la protección de la vida y dignidad de la persona humana, desde la concepción hasta la muerte natural. La configuración de una nación, de una patria, de un pueblo, implica lazos que no surgen espontáneos sino que han de ser cultivados a partir del reconocernos coherederos de un patrimonio común. Reconocernos mutuamente, es no sólo tolerarnos, sino aceptarnos, querernos, elegirnos nuevamente. Todos somos necesarios, nadie es descartable, ninguno sobra. ¡Elijámonos nuevamente como Nación independiente!

“El principal de nuestros males es el desencuentro que no nos deja reconocernos como hermanos, a lo que le sigue la corrupción generalizada, la plaga del narcotráfico y el descuido del medio ambiente”[9]. Este año, junto al bicentenario, Dios nos regala por medio del Papa Francisco el jubileo de la misericordia, así como las glorificaciones de José Gabriel Brochero y Sor María Antonia de la Paz y Figueroa. Tenemos una nueva e histórica oportunidad para relanzarnos a construir la patria que soñamos superando nuestros propios tropiezos y desencuentros.

Esta espléndida tarea implica un protagonismo que tiene muchas esferas. Particular importancia tiene que cada argentino pueda formar una familia así como ser acogido en la vivienda digna, que su familia pueda construir con su propio esfuerzo. Así se hace protagonista de su propio desarrollo y protagonista en la construcción de la casa común. El 30% de nuestra población no tiene vivienda ni trabajo formal que le permita acceder al sustento diario, así como a una obra social y jubilación futura. Es urgente que busquemos las condiciones que nos permitan superar esta carencia. La familia, cuya base natural es la unión matrimonial de un varón y de una mujer, es la célula de la sociedad y su fortaleza dará la medida de la solidez del entramado social.

Las dificultades actuales para formar una familia sólida no son sólo económicas. Tenemos estilos de vida, de trabajo, de diversión que dificultan la unión familiar con las lamentables “consecuencias de adicciones en alguno de sus miembros, madres solas que sostienen el hogar, abuelas que crían y educan a sus nietos, niños huérfanos con padres vivos que no se ocupan de ellos, los migrantes que dejan su hogar y su cultura por mejores posibilidades. Al mismo tiempo las tensiones inducidas por una cultura individualista generan dentro de la dinámica de las familias, la intolerancia y la agresión”[10]. No podemos seguir tratando la masculinidad y la femineidad como un juego, ni desconociendo sus benditas diferencias y complementariedades. La multiplicación de crímenes pasionales nos lo reclama con premura.

Muchísimas familias llevan una vida digna a pesar de las dificultades culturales y económicas, confiando en Dios y la Virgen, brindando cobijo espiritual y ayuda material a sus miembros más necesitados y a otros conocidos y vecinos. Demos gracias a Dios por la familia argentina que aun nos queda y promovámosla entusiastas.

La educación es el gran desafío que tenemos delante como Nación. Según la información pública, más de un tercio de la población de nuestra provincia no ha recibido la educación primaria completa y más de la mitad de los estudiantes que sí han concluido sus estudios secundarios completos, no entienden lo que leen. Ojalá reconozcamos el fracaso y aceptemos la emergencia educativa.

Para superar esta emergencia es imprescindible proponernos una educación que sea verdadera, es decir, que abra la mente y el corazón a la verdad plena y sea capaz de afrontar las preguntas más profundas del ser humano, aquellas que hacen referencia a lo definitivo. Tenemos hambre y sed de verdad, sólo en la verdad plena podemos ser auténticamente libres. Pero para ello no basta un paquete de información, es necesario descubrir el sentido último de la vida y la sana dependencia. Primeramente de la familia que nos engendró y luego de aquellos a quienes elegimos servir en la vida, que nos dan plenitud y alegría. “Más felicidad hay en dar que en recibir” (Hch, 20,35). Para esto son necesarios testigos, auténticos maestros de vida.

La educación libera porque es ofrecida a la libertad, es un encuentro de libertades con todos los riesgos que esto implica. La independencia política es derivada de la libertad moral, personal y comunitaria, y a su vez la sirve a ella, ya que el verdadero amor a la patria no es un nacionalismo que erija el poder del estado como un ídolo al que hay que sacrificarle la propia conciencia. Enseñar a rezar es también uno de los modos de promover la más profunda libertad.

La capacidad de grandes sacrificios solo se logra si ofrecemos algo grande por lo cual vivir. Jesucristo es la gran noticia propuesta a todos, pues solo Él puede saciar el hambre de plenitud que hay en cada corazón humano. Los cristianos sabemos que nuestra misión es pasar entre la multitud llamando a cada uno por su nombre para despertarlo, para incorporarlo, para regalarle la fraternidad que le mostrará su filiación divina, su destino, su felicidad eterna y presente. Así la multitud se convierte en familia, en pueblo, en nación. Bendita tarea que tenemos por delante y para la cual pedimos la ayuda de María Inmaculada.

 

            +Samuel Jofré

Obispo de Villa María

 

[1] Conferencia Episcopal Argentina, Bicentenario de la independencia. Tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos, 1.

[2] Ibidem, 2.

[3] Ibidem, 7; 10; 15; 79.

[4] Venerable Fr. Mamerto Esquiú, Sermón “Laetamur de gloria vestra”, Catamarca, 9-VII-1853.

[5] Conferencia Episcopal Argentina, Bicentenario de la independencia. Tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos, 12.

[6] Ibidem, 55.

[7] CEA, Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad, 35.

[8] Conferencia Episcopal Argentina, Bicentenario de la independencia. Tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos, 36

[9] Ibidem, 47.

[10] Ibidem, 43.