El día domingo 28 de mayo, durante la Santa Misa de 11 hs., en la Iglesia Catedral, el seminarista Nicolás Giraudo fue admitido como candidato a las Sagradas Órdenes.

Dando gracias a Dios por este paso de Nicolás en vistas a su ordenación, sigamos rezando por el aumento y la perseverancia de las vocaciones sacerdotales en nuestra Iglesia diocesana.

Al finalizar la celebración, se realizó un almuerzo a la canasta en el Salón Católico.

La admisión a las Sagradas Órdenes

La admisión como candidato a las Sagradas Órdenes se solicita en el Código de Derecho Canónico para quienes se preparan para ser sacerdotes. Así lo dice el c. 1034, 1: “Ningún aspirante al diaconado o al presbiterado debe recibir la ordenación de diácono o de presbíteros sin haber sido admitido antes como candidato por la autoridad indicada en los cc. 1016 y 1019[…]”.

Luego de la admisión, Nicolás recibirá los ministerios del lectorado y del acolitado, antes de las ordenaciones diaconal y presbiteral.

Testimonio de Nicolás

Nicolás Giraudo ingresó en el Seminario Mayor “Jesús Buen Pastor” de Río Cuarto en el año 2011, y se encuentra cursando el tercer año de la teología, séptimo de su formación académica. Desde el año 2016 es parte del Centro Vocacional Diocesano, dedicado a la visita de las comunidades parroquiales y al acompañamiento de los jóvenes que se preguntan por su llamado vocacional al sacerdocio ministerial.

En el año 2014, Nicolás escribió este testimonio, que nos permite conocer más acerca de su vocación.

“Mi nombre es Nicolás Giraudo, tengo 29 años y soy oriundo de Hernando. Mi historia vocacional comienza en el mes de enero de 2010 en medio de una misión diocesana. Recuerdo que comencé a cuestionarme, especialmente en los momentos de oración, que quería Dios para mi vida; algo que nunca había hecho antes con seriedad. Yo estaba recibido, estudiando una segunda carrera, con un trabajo que realmente disfrutaba y comprometido con mi novia…¿qué más podía pedir? No había nada que cambiar para ser feliz: mis proyectos se estaban concretando y veía un futuro muy certero y claro. De repente, Dios invade mi corazón en esos días con este deseo de buscar realmente su Voluntad; rompe todas mis estructuras y me invita a comenzar un camino de discernimiento para intentar descubrir que planes tenía Él para mí. A principios del mes de febrero decido comenzar con el proceso de discernimiento.

Hay siempre motivaciones que nos impulsan a comenzar un camino de búsqueda. Mis primeras motivaciones fueron concretamente dos: el deseo de entregarme por completo a Cristo poniéndome al servicio de la Iglesia para así anunciar con mis palabras, obras y vida entera a la Persona que le dio un sentido a mi vida y mi opción por los más pobres, sufrientes y marginados. A lo largo de ese año, gracias al grupo misionero del cual era parte y a mi trabajo como docente en algunos barrios muy carenciados de Villa María, pude descubrir que anunciar el Evangelio y estar en medio de las personas más humildes era algo que no solo disfrutaba sino que también sentía que Dios me encomendaba. En la oración es donde verdaderamente descubrí mi vocación, la cultivé y por último tomé la decisión de comenzar este camino que conduce al sacerdocio. Fue en la eucaristía donde juntaba fuerzas para seguir adelante, para entregarme a mis hermanos, para anunciarlo y servirlo a Él. Fue Jesús quién fue formando y forjando esta opción de manera silenciosa dentro de mi corazón.

Hasta ahora todo aparenta ser muy sencillo, pero no todo lo vivido es este proceso fue así. A lo largo del año fui transitando un sinuoso camino donde muchas veces caía y Dios me volvía a levantar. Comencé el año tomando una difícil decisión con lo que respecta a mi relación afectiva: contarle a mi novia que había decidido comenzar con el discernimiento y terminar la relación. Me llevo un tiempo recuperarme, pero al pasar los días y sabiendo que estaba haciendo lo correcto, Dios se encargo de encaminar las cosas. Algo que nunca perdí por completo fue la paz, eso fue como una brújula que me indicaba que estaba haciendo las cosas según los planes de Dios. En el año también hubo períodos donde rezar no se me hacía fácil, me costaba entender lo que Dios me pedía, el miedo me paralizaba, la incertidumbre me sobrepasaba y las repercusiones que esta decisión traería aparejada me producían tristeza y desconsuelo. Aquí es cuándo descubrí que las renuncias, los sacrificios y todas las consecuencias provocadas por esta decisión toman sentido cuando se observa la belleza de la opción. Tener la fe y la confianza de que si Dios me pide esto va a ser Él quien se encargue de acomodar la cosas me llevo tiempo, pero de a poco lo fui comprendiendo.

Mi carrera también fue algo que marcó mi discernimiento; estando ya recibido de traductor de inglés y cursando el cuarto año de Ingeniería en Sistemas me llevaba a preguntarme porque Dios me mostraba mi vocación recién ahora. El tiempo me enseñó que Dios me llama como me encuentro hoy, que todas las cosas que viví me fueron configurando y preparando para esta opción vocacional y que mi profesión también me llevo a descubrir mi vocación. Todo lo vivido y aprendido, todo el esfuerzo que significaron esos 8 años de estudios universitarios no fueron en vano, sino que me fueron preparando para hoy seguir a Cristo más de cerca con todo el equipaje que he cargado en la mochila.

Actualmente me encuentro en mi cuarto año de formación y sigo buscando todos los días la voluntad de Dios en mi vida. Vivo mi formación con alegría, en comunidad y dando gracias a Dios por este regalo que me ha concedido.”

Imágenes de la celebración

Agradecemos al seminarista Nicolás las imágenes que hemos obtenido de la celebración en la que recibió su admisión.

Homilía del Obispo durante la Santa Misa

Audio de la homilía

A continuación, hacemos un extracto de la homilía.

Con ocasión de la solemnidad de la Ascensión del Señor, nuestro querido Obispo nos recordó que la verdadera aspiración de la vida cristiana es el cielo, y que el cielo viviendo cada día en la intimidad divina y por la entrega en este mundo.

Empleando la imagen de la casa, Mons. Samuel recordó que quien abre la puerta de su casa abre el corazón al que llama. Así lo hizo Dios, que por su Hijo Jesucristo nos abrió las puertas a la intimidad divina de la Trinidad. Para entrar a la intimidad de Dios, es necesario que abramos las puertas del corazón a Cristo.

La ascensión es el fin de la presencia visible de Cristo entre nosotros, al que sólo algunos santos en sus visiones pudieron contemplar. ¿Por qué desaparece? Porque si lo viéramos, nos inclinaríamos a pensar que basta con que Cristo viva entre nosotros, cuando Él quiere venir a vivir dentro nuestro.

En Villa María, gracias a Dios, todavía se abre al que golpea la puerta; en cambio,en las grandes ciudades se habla desde detrás de la puerta, por miedo a la inseguridad. A Cristo no hay que tenerle miedo, sino que es necesario abrirle la puerta. Él es nuestra seguridad, nuestra fuerza.

Cristo nos deja su Iglesia, para que lo reconozcamos en ella. La Iglesia es signo, presencia de Dios en el mundo. Hay algunos hermanos nuestros que no han conocido bien a Cristo, y que creen en Cristo pero no en la Iglesia. La segunda lectura nos indica que Él es la cabeza y nosotros somos el cuerpo. Como sucede en un matrimonio, Cristo se hace una carne con nosotros, y Él ama a la Iglesia. En ella, Cristo brilla en el testimonio de los santos, pero también quiere ser reconocido en los más pobres, en los enfermos, en los presos. “Tuve hambre, y me diste de comer, estuve enfermo y preso, y me visitaste”. Jesús también se hace presente en los pecadores, por los que tiene una predilección especial.

Algunas personas que no vienen a Misa, no lo hacen porque no quieren encontrarse conmigo, con ustedes. No saben reconocer la esencia del Evangelio, que es mezclarse con los pecadores, para redimirlos. Ellos no lo entendieron, porque puede que lo hayamos enseñado mal. ¡Animémonos a buscar esa santidad, aceptándonos y sirviendo a los pobres!

Hay una presencia de Cristo particular en los ministros ordenados: en los diáconos, los sacerdotes y los obispos. Por ellos,nos viene la gracia de los sacramentos y su misión de gobernar la Iglesia, como servidores de la unidad. Necesitamos muchos sacerdotes y ministros. Nuestra patria tiene una gran pobreza: la escasez de sacerdotes y ministros. El Señor nos dice: Rueguen al dueño de la mies. ¡Señor, necesitamos sacerdotes, necesitamos muchos sacerdotes, necesitamos muchos y santos sacerdotes!

Nicolás, el joven que hoy es admitido, es de Hernando, y estaba estudiando el profesorado de Inglés. Él escuchó el deseo del pueblo de Dios y se dejó ‘picar el corazón’. Él respondió diciendo: “Si puedo ser útil”. Luego de un rápido examen, para ver si Nicolás estaba en condiciones de responder a este llamado, él pudo llevar adelante su deseo. Hoy lo admito oficialmente como candidato al diaconado y presbiterado. El sentido de este gesto es semejante al compromiso en el noviazgo. Se compromete, lo que no quiere decir estar ya ordenado, pero es ya un paso importante. Recemos por más vocaciones. Necesitaríamos hoy 10 Nicolás. Pidamos por más vocaciones. Pero respondo anticipadamente a esta pregunta: “¿Se puede ser feliz como consagrado? Aunque está bien decir que hacen falta sacerdotes, no se debe renunciar a ser feliz”. ¿Se puede ser feliz? Sí, se puede. Para ser feliz hace falta tener un corazón enamorado. Se puede ser feliz en el celibato y la soltería en el mundo, se puede ser feliz en la vivencia de la pobreza, la abnegación y la obediencia. Se es feliz, cuando se vive en la intimidad divina, para servir a su pueblo. Nicolás, dale gracias a Dios, y todos atendamos a cómo responder siempre mejor a este camino de intimidad con Cristo, principalmente en la Eucaristía, y viviendo en medio de la comunidad. Así podrás aceptar el peso de la debilidad de nuestros hermanos más lentos, torpes y pecadores, y el peso de la obediencia al Papa, al obispo, a los formadores. Este camino que se te pide transitar no es fácil, pero es un camino de libertad. Que así sea.