Durante los días sábado 21 y domingo 22 de enero, nuestro Obispo, Mons. Samuel Jofré Giraudo, participó de las celebraciones eucarísticas que tuvieron lugar en Villa Cura Brochero, en el marco del mes brocheriano.

El día sábado participó de la consagración de la Capilla a San José Gabriel del Rosario Brochero, en el predio de La Providencia, junto con Mons. Santiago Olivera, el Obispo de la diócesis de Cruz del Eje, y Mons. Adolfo Uriona, Obispo de la Diócesis de Villa de la Concepción de Río Cuarto.

La imagen que acompaña el artículo fue capturada durante esta celebración (agradecemos al equipo de comunicación del Obispado de Cruz del Eje).

El día domingo presidió la Eucaristía a las 10 horas, en el Santuario Nuestra Señora del Tránsito y Santo Cura Brochero. En esta celebración nuestro Obispo dirigió a los presentes la homilía que transcribimos a continuación (agradecemos la labor realizada por Carlos Alonso, seminarista de nuestra diócesis).

Homilía de Mons. Samuel Jofré

Domingo, 22 de enero de 2017

Para entender los textos de hoy recordemos, por qué no primero, la historia del pueblo de Israel. Jesús nos habla hoy de la tierra de Zabulón y Neftalí; ¿qué es esto, por qué; Jesús de dónde lo toma?

Recordamos que el pueblo de Israel, donde nació Jesús, se formó a partir del Patriarca Abraham, junto con Isaac y su primer hijo Jacob –que cambió su nombre por Israel-. Éste tuvo doce hijos y, a partir de ahí, se formaron las doce tribus de Israel. Por eso no es casualidad que Jesús eligiera doce Apóstoles. Cuando Él eligió los doce Apóstoles, en el fondo estaba fundando el nuevo pueblo de Israel.

El pueblo de Israel, entonces, estaba formado por doce tribus que tenían los nombres de sus Patriarcas. Dos de los doce hijos de Jacob se llamaban,  precisamente, Zabulón uno y otro Neftalí. Cuando ocuparon la tierra prometida ocuparon distintas regiones, y cada región tomaba el nombre de este Patriarca. Por eso, la zona de Jerusalén, que fue ocupada por otro de los hijos, otro de los clanes, de las tribus, que era la tribu de Judá. Judá era otro de los hijos de Jacob, y de ahí viene la Judea, el nombre de judío, que fue una tribu que prevaleció y de la cual nació Jesús. También, otra tribu muy famosa es la de Leví, de donde vienen los levitas, que son los que servían en el templo y de donde surgieron los sacerdotes del Antiguo Testamento.

Zabulón y Neftalí se ubicaron en la zona norte de la tierra prometida que se llamaba la Galilea. Por ser una zona periférica, no estaba cerca de la capital, que finalmente fue Jerusalén, era una zona donde había muchos extranjeros. Por eso, dice el texto, “Galilea de los gentiles”, porque allí los israelitas se mezclaron mucho con los gentiles. En cambio, en la zona de Judea era donde estaban los que se consideraban más puros.

Jesús quiso nacer, precisamente, a pesar de ser descendiente de José y los judíos, en Belén. Pero vivió en Nazaret, que es al norte, precisamente, de esta tierra de Galilea, que era una zona periférica –diríamos hoy-, al punto tal que cuando uno de los Apóstoles indica a otro que habían encontrado al Mesías que era de Nazaret, el otro dice: ¿Pero de Nazaret puede salir algo bueno; de ese pueblito? Jesús entra allí a predicar y comienza su ministerio en Galilea, aunque no en Nazaret, sino que se levantaba a otro pueblo que se llamaba Cafarnaúm y que quedaba relativamente cerca de Nazaret sobre el mar-. Y ahí es el pueblo de donde eran estos acompañantes: Santiago y Juan. Gran parte de la vida de Cristo se realizó allí, a la orilla del mar, decimos –pero realmente no era sino un lago muy grande de Galilea, que se llamaba el mar de Galilea-.

Jesús allí entra a predicar y convoca a estos hombres simples, que eran pescadores, porque vienen a salvar a todos, pero Él es el Salvador. Entonces, quiere estos hombres simples para que no se crean que los ha elegido porque sean muy inteligentes, porque sean importantes, porque tengan influencia, porque tengan poder, porque tengan nada. Son unos simples pescadores, trabajadores rudos, de una zona periférica de la tierra prometida. Y Jesús les habla ahí con su lenguaje, simple, como nos lo dice hermosamente la segunda lectura de la carta de San Pablo: “Vine a ustedes no con elocuencia” –elocuencia es una capacidad muy especial para hablar bien, para discursear, decimos nosotros-. Jesús les habló muy lindo, pero muy directo y muy sencillo. El Evangelio nos deja testimonio de sus palabras, de sus enseñanzas, con ejemplos simples que todos podían entender, aunque no dejara de hablarles verdades muy profundas. Por eso también, todos entendían el lenguaje, pero no siempre entendían los misterios que Él quería enseñarles. Y estos pescadores eran tan rudos, tan poco despabilados, que a veces no entendían ni las parábolas más sencillas y tienen que preguntarle a Jesús: ¿Qué quisiste decir? Eso nos resulta a nosotros también muy útil, porque tantas veces nos puede ocurrir que nos encontremos con que no entendemos, “nos parece que”… se nos escapa… ¿qué quiere decir Dios? Les pasó ya a los apóstoles, así que no nos hagamos problema, pero ¿para qué habla Jesús así, sencillo pero profundo? Para que mastiquemos, para que rumiemos, porque el fruto que se consigue cuando tenemos que masticar el alimento es mucho mayor.

Ahora bien, Jesús va a los que tiene fe, va a los sencillos, va a los pobres… pero no va a decirles: Ustedes que son fantásticos, ustedes que son jóvenes, lindos, se merecen todo… va y les dice: Conviértanse, cambien de vida. Jesús no es demagogo –hoy usaría la palabra populista-… Jesús es sencillo, es amigo de los pobres, sí; pero viene a darnos la vida. Y eso supone conversión, cambio. Jesús tiene una inmensa paciencia, nos ayuda, no es duro; sí es muy exigente, lo sabemos –todos tenemos la experiencia de lo exigente que es el Evangelio-, pero Jesús no nos maltrata a las ovejas perdidas, las carga sobre sus hombros; y con sencillez, una y otra vez, nos llama a la conversión, para que dejemos de vivir en el pecado y volvamos a vivir según la ley de Dios.

Por eso, la Iglesia no es la democracia, en la cual nosotros nos ponemos de acuerdo, establecemos entre nosotros cuáles son las verdades en las cuales hay que creer, cuáles son los mandamientos que hay que cumplir y cuáles no. Hoy en día se ha difundido muchísimo una costumbre de hablar de que la Iglesia se tiene que adaptar, y esto se puede entender bien y mal. Se puede entender bien el sentido de que se tiene que adaptar: hacerse sencilla y hablar con sencillez, como lo hizo Jesús, como lo hizo San Pablo, para que la gente entienda, con normalidad, trabajando con todos… Jesús trabajó con carpinteros, con pescadores… se adaptó a las circunstancias, pero no en cuanto a la ley moral de que “ahora se usa así”. Cuántas familias escucho que cuando los hijos, los nietos, en lugar de casarse se juntan, le buscan explicaciones, y dicen: Vos, abuela, no entendés, “ahora se usa así”.

El pecado se usó siempre. O sea que siempre podemos decir que “ahora se usa así”, porque el pecado siempre se ha usado. No es ninguna novedad vivir según el pecado. Siempre se ha robado; si un ladrón dice: “Papá, vos no entendés nada, “ahora se usa así”; lo que es un corrupto y un ladrón… Y así, toda la ley de Dios. Tenemos que aprender a convertirnos a la ley de Dios y ponernos de acuerdo entre nosotros, saber renunciar a nuestras comodidades también, para poder estar en armonía. Convertirnos, dice la ley de Dios, no significa ser, tampoco, unos rabiosos que están todo el día peleando y peleando a codo… no. Aunque el otro viva de manera equivocada, tengo que aprender a ser respetuoso de él; aunque viva en el pecado, tengo que aprender a ser respetuoso, amable. Nos lo dice hermosamente la segunda lectura: “Pónganse de acuerdo, que no haya divisiones entre ustedes”, que sepamos respetarnos unos a otros. Y en ese ambiente, Jesús pasa y alienta en todas las enfermedades y dolencias. Así también nosotros, tenemos que aprender a vivir sirviéndonos mutuamente, porque el llamado a la conversión no significa, como decíamos, maltratar, ser rudos o ser rabiosos, no; significa, sí, invitarnos a vivir como Dios quiere, para que alcancemos la auténtica felicidad. Así lo han hecho todos los Apóstoles, pero con paciencia, con bondad, con cariño.

Ya se dan cuenta todos que estas enseñanzas de Jesús y este ejemplo de San Pablo, nuestro querido San José Gabriel Brochero lo cumplió perfectísimamente. Primero, porque se vino a una zona marginal: Traslasierra. El Evangelio y el profeta Isaías nos hablan de la Transjordania, allá en el Jordán… Brochero se fue Traslasierra, a una zona, en ese momento, muy marginada. Pero no vino él a hacer su capricho, vino porque lo mandaban; fue la obediencia a Dios. Lo decía hermosamente el salmo también: “El Señor es mi luz y mi salvación” y que hagamos su voluntad, porque en la voluntad de Dios está la salvación.

Brochero, cuando recién ordenado sacerdote el obispo lo deja en la Catedral de Córdoba, pleno centro de la ciudad de Córdoba, trabaja ahí con toda normalidad y sencillez, no huye de la Catedral de Córdoba. Allí busca a los enfermos, y allí se destaca atendiendo a los enfermos de cólera, en ese momento, que mató mucha gente. Él también arriesgó su vida, así, en pleno centro de Córdoba. Pero cuando lo mandan aquí (Traslasierra), acá viene, feliz, a entregarse. Y acá hace también, siguiendo el ejemplo de Jesús y San Pablo, una predicación simple, con lenguaje sencillo. Muchas veces se sigue repitiendo esa falsedad de las palabrotas… no hay ningún registro de que Brochero fuera guarango, fuera torpe. No cometamos nosotros esa equivocación, de justificarnos y decir palabrotas. En nuestra pobre patria se ha difundido muchísimo decir una palabrota cada dos por tres; no está bien, no es propio de un cristiano. Tenemos que evitar eso. Pero tampoco pretender hablar “en difícil” para hacerme el culto, que no me entiendan, entonces pasar por leído, por instruido, no; sencillo, normales… Así habló Brochero.

Pero, también, a los pobres no vino a decirles: “Ustedes son fantásticos, sigan nomás como están viviendo”. Vino a acá (Traslasierra) a predicar la conversión, y lo hizo por medio de este método que a él le había resultado tanto, el de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, que es una predicación que llama a la conversión: yo estoy hecho para el cielo, ¿qué tengo que hacer para llegar al cielo? Ese es el método de San Ignacio. Y evitar todo lo que me impide ir al cielo. Entonces, si hace falta más pobreza, busco más pobreza; si hace falta riqueza, busco más riqueza; si hace falta vida corta, vida larga, o no… dice San Ignacio. Éste es el método de Brochero y él lo aplica a su gente: busca la conversión, pero no con el maltrato. Entonces, quizá les pasa a muchos de ustedes, que tienen hijos, nietos, que en lugar de casarse se les han juntado. Bueno, ¿qué hacen? ¿Maltratarlos?, no; ¿decirles que está  todo fantástico?, tampoco. Con buen trato, pero llamar a la conversión. Eso no es la ley de Dios, eso Dios no lo quiere, eso no está bien. Lo mismo si algún hijo viene y les cuenta que en su trabajo está haciendo estas maniobras que, en el fondo, son robos, sea por evasión impositiva, porque trabajan vendiendo boletas, haciendo facturas apócrifas o lo que fuera. O vienen con que van a salir, y la salida comienza con una previa donde ya están todos medio borrachos; no. Brochero luchó contra la borrachera y nosotros tenemos que aprender a luchar contra la borrachera en nuestros jóvenes y, luego, también en los no tan jóvenes. Conversión, pero todo con bondad, con serenidad… todo, pero con firmeza. Uniendo, ayudando, atendiendo todas las miserias, como Jesús. Así también hizo Brochero; no se preocupó sólo del alma de su gente, sino que también buscó ayudarlos en todas sus necesidades.

Procuremos nosotros, entonces, imitar a Jesús, pedirle que nos haga vivir fervorosamente como hizo San Pablo –como en el relato de la segunda lectura- y como Brochero. Convirtámonos; empecemos nosotros, no empecemos a predicar a los demás. ¿En qué tengo que convertirme yo? ¿Rezo lo que tengo que rezar? ¿Rezo diariamente, en el día y en la noche? ¿Está firme la misa dominical? Hoy sí, gracias a Dios, ¿pero cuando volvamos a casa? ¿La familia está yendo bien? Los que están unidos, ¿están bien casados? ¿Hay armonía, hay respeto, hay cariño, hay ayuda? ¿Se reciben los hijos que Dios quiere darles? ¿Se obedece a los padres? ¿Se ayudan mutuamente los hermanos? En el trabajo, ¿somos honestos; podemos trabajar bien o, lo como se dice comúnmente, “lo atamos todo con alambre”? Dios quiere que haya unidad entre nosotros…

La segunda lectura nos habla, porque esta comunidad de Corinto, a la cual le escribe San Pablo, está muy peleada; entonces, San Pablo la tiene que llamar a la unidad. Y esto es muy particular para nosotros, los argentinos; y, en ese sentido, sí vale lo de la democracia. Tenemos que aprender a ponernos de acuerdo, a ser respetuosos, porque la ley de Dios –a la que nos tenemos que convertir-, no señala todo lo que tenemos que hacer; nos da las grandes líneas, pero, después, Dios nos ha dado la inteligencia: piensen ustedes qué es lo que pueden en este caso. También dialoguen. Entonces, en aquellas cosas en las que Dios por medio de su santa ley no nos ha indicado qué tenemos que hacer, tenemos que usar nuestra inteligencia y también tenemos que aprender a ponernos de acuerdo entre nosotros. Y, entonces sí, respetarnos y obedecer a la legítima autoridad y, también, respetar las legítimas diferencias. La unidad no significa uniformidad, ni dentro de la Iglesia ni en la Nación; significa también respetar las legítimas diferencias… queriéndonos, enriqueciéndonos mutuamente.

Pidámosle a la Santísima Virgen y a San José Brochero que nos ayuden a convertirnos a la voluntad de Dios, al amor de Dios, a la misericordia de Dios, y a respetarnos y a unirnos todos entre nosotros. Que este tiempo de vacaciones sea un tiempo de renovarnos interiormente y de juntar fuerzas para que en las familias, en nuestros trabajos, en nuestra propia patria, nos unamos y hagamos la voluntad de Dios para así ganarnos el cielo y, así también, tener la vida adecuada que Dios nuestro Señor quiere. Que así sea.