Transcribimos la homilía de Mons. Samuel Jofré del 3 de diciembre de 2016, en la celebración eucarística en que fue ordenado sacerdote Agustín Vedelago.

“Queridísimos hermanos: este hijo, este hermano nuestro, que es pariente y amigo de muchos de nosotros, será ordenado para el ministerio presbiteral. Por eso, conviene que consideremos atentamente la función que va a desempeñar en la Iglesia.

Es verdad que todo el pueblo santo de Dios ha sido constituido como sacerdocio real por su incorporación a Cristo. Sin embargo, el mismo Jesucristo, nuestro gran Sacerdote, eligió a algunos discípulos para que ejercieran, públicamente y en su nombre, el ministerio sacerdotal en la Iglesia, al servicio de todos los hermanos. Él, que fue enviado por el Padre, envió a su vez a los Apóstoles, para que ellos y sus sucesores, que son los obispos, completaran su obra de Maestro, Sacerdote y Pastor. Los presbíteros, por su parte, son constituidos cooperadores de los obispos, con los cuales, unidos en un mismo ministerio sacerdotal son llamados a servir al pueblo de Dios.

Después de madura reflexión, este hermano nuestro va a ser ordenado sacerdote en el orden de los presbíteros. Así, hará las veces de Cristo Maestro, Sacerdote y Pastor, para que su cuerpo, que es la Iglesia, se edifique y crezca como pueblo de Dios, Templo del Espíritu Santo.

Al asemejarse a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y al unirse al sacerdocio de su Obispo, quedará consagrado auténtico sacerdote del Nuevo Testamento, para anunciar el Evangelio, apacentar el pueblo de Dios y celebrar el culto divino, especialmente en el sacrificio del Señor.

Por eso, querido hijo, que ahora serás ordenado presbítero, debes cumplir el ministerio de enseñar en nombre de Cristo, el Maestro. Anuncia a todos los hombres la Palabra de Dios que tú mismo has recibido con alegría. Medita la ley del Señor, cree lo que lees, enseña lo que crees y practica lo que enseñas.

Que tu doctrina sea un alimento sustancioso para el pueblo de Dios; que la fragancia espiritual de tu vida sea motivo de alegría para todos los cristianos, a fin de que con la palabra y el ejemplo construyas ese edificio viviente que es la Iglesia de Dios.

Te corresponderá también la función de enseñar en nombre de Cristo. Por tu ministerio, el sacrificio espiritual de los fieles alcanzará su perfección al unirse al sacrificio del señor, que por tus manos se ofrecerá incruentamente sobre el altar, en la celebración de la Eucaristía. Ten conciencia de lo que haces e imita lo que conmemoras. Por tanto, al celebrar el misterio de la muerte y la resurrección del Señor, procura morir a tu pecado y vivir una vida realmente nueva.

Al introducir a los hombres en el pueblo de Dios por el bautismo, al perdonar los pecados en nombre de Cristo y de la Iglesia por el sacramento de la penitencia, al confortar a los enfermos con la santa unción, y en todas las celebraciones litúrgicas, así como también al ofrecer durante el día la alabanza, la acción de gracias y la súplica por el pueblo de Dios y por el mundo entero, recuerda que has sido elegido de entre los hombres y puesto al servicio de los hombres en las cosas que se refieren a Dios.

Con permanente alegría y verdadera caridad continúa la misión de Cristo, no buscando tus propios intereses sino los de Él.

Finalmente, al participar de la función de Cristo, Cabeza y pastor de la Iglesia, permanece unido y obediente al Obispo. Procura congregar a los fieles en una sola familia, animada por el Espíritu Santo, conduciéndola a Dios por medio de Cristo. Ten siempre presente el ejemplo del Buen Pastor que no vino a ser servido sino a servir y a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Querido Agustín, queridos hermanos todos: no nos tenemos que sorprender de que muchas veces el sacerdocio en la Iglesia no sea comprendido. Algunas veces serás incomprendido por tus muchas cualidades. Muchas personas te alabarán y se detendrán en todas esas cualidades que Dios te ha dado, de un modo muy particular por medio de tu familia y de la Iglesia. Otras veces, por el contrario, los fieles y los infieles no nos comprenden a causa de nuestros defectos. Se detienen en ellos, porque son incapaces de ver la naturaleza más profunda del sacerdote en la Iglesia, que es ser instrumentos. Todos lo somos, tú de un modo muy particular, a partir de hoy, querido Agustín. Lo que se requiere, entonces, para entender el sacerdocio es la fe. Creer en la palabra de la Iglesia, creerle a Cristo, que hoy te elige y te toma como suyo. Ya eres propiedad de él por muchos títulos, hoy comenzarás a serlo de un modo muy fuerte. Serás instrumento de Cristo y de la Iglesia para actuar precisamente de un modo peculiar como Él. Ahora, esa fe en nuestro sacerdocio, somos nosotros los primeros que tenemos que vivirla. Se puede decir fácilmente, pero no lo es tanto. Creer en la fuerza, en la vida, en la eficacia de nuestro propio sacerdocio, que es un don de Cristo.

Hoy, por medio de la imposición de manos y de la oración, te infundiré el Espíritu Santo con una nueva fuerza, con una nueva modalidad. Esa nueva efusión del Espíritu Santo,  por medio mío, reforzará tu unión con Dios, pero lo hará también configurándote de una manera nueva, como instrumento de Cristo Cabeza, no ya sólo un miembro de su Cuerpo, sino precisamente con una particular identificación con Él. Además, con esta gracia del Espíritu Santo que te colmará abundantemente, para que puedas tú también, con esa sobreabundancia de Cristo, ungir al pueblo santo de Dios, serás conformado, recibirás lo que llamamos en el Catecismo el carácter sacramental. La Escritura nos habla del sello. Hoy en día, la palabra sello quizás nos resulte un poquito más difícil de entender. Para comprender esta nueva configuración, quizás podamos imaginarnos esas matrices, esos instrumentos de la industria, que se utilizan para darle una nueva forma a un material, sea un metal, sea un plástico. Un impacto fuerte, que le da una nueva forma. ¿Qué forma? La de Cristo Cabeza. Pero no será una forma externa. Es una participación real, una riqueza que tendrás con una particular capacidad para obrar en nombre de Cristo Cabeza. Es decir, para, principalmente, ofrecer el sacrificio de Cristo.

Esa capacidad para ofrecer el sacrificio de Cristo es distinta de la que tenemos todos los cristianos, que somos verdaderos sacerdotes de Cristo, del Nuevo Testamento. Meditemos un momento en esta capacidad que todos tenemos. La función principal del sacerdote es la de ofrecer sacrificios y sólo Cristo ofrece el sacrificio agradable al Padre. Siendo verdadero Dios, como verdadero hombre se ofrece… ofrece toda su vida, al Padre, por nosotros. Gracias al sacrificio de Cristo, todos nosotros, todos, podemos, estamos invitados a ofrecer nuestra propia vida. Ahora, para poder ofrecer nuestra propia vida, como hostia, como ofrenda, necesitamos primero recibir la ofrenda de Cristo. Eso es lo que yo te voy a dar hoy: la capacidad para que ofrezcas el sacrificio de Cristo, que ofrecerás para gloria de Dios y también por ti y para todo el pueblo de Dios. Para que todos nuestros hermanos, que no pueden ofrecer su vida sin la ofrenda de Cristo, uniéndose a Cristo gracias a tu ofrenda, a la ofrenda del Señor, hagan así realidad la unión con Dios, a la cual están llamados de un modo muy particular por el Bautismo.

Todo cristiano ha de hacer esta ofrenda. Tú, sin dejar de ofrecer el sacrificio de Cristo, también tendrás que ofrecer tu propia vida. Es uno de los grandes peligros que tenemos los sacerdotes: conformarnos con ofrecer el sacrificio de Cristo y olvidarnos de ofrecer nuestra propia vida. Ése es el acto principal de tu santa Misa: ofrecer tu vida en unión con el sacrificio de Cristo que ofreces para tus hermanos. La Misa, entonces, querido Agustín, haz de ofrecerla cada día principalmente para la gloria de Dios, pero también para tu propia vida y la de tus hermanos. No cumples sólo una función para con los demás. Ciertamente que la cumples, una función exquisita, excelente, de las más importantes que existen en el mundo. Bien. Pero eso será recibido con fecundidad por todo el pueblo de Dios, en gran medida, gracias a tu unión personal, subjetiva, alegre, con la ofrenda de Cristo.

Junto con esta capacidad, esta potestad que recibes sobre el cuerpo sacramental de Cristo, recibirás una potestad sobre el cuerpo místico de Cristo. Te pido que trates a la comunidad cristiana con la misma delicadeza con la que, me consta, tratas el cuerpo sacramental del Señor. Con delicadeza, con mimo, con cariño. También necesitarás para eso mucha paciencia; pero no tengas duda que la tendrás, con la fuerza del Espíritu Santo que hoy recibes y que tu oración y la oración de todo el pueblo de Dios hace acrecentar. Que esta unión con Cristo se haga realidad no sólo de un modo intimista, tuyo, subjetivo. Sólo será realidad plena y fecunda en la medida en que estés unido a la Iglesia. La Iglesia es como el gran sacramento de salvación. Es por eso que la unión con tu obispo, con los hermanos sacerdotes, con los diáconos, con los demás ministros del pueblo de Dios, con toda la queridísima comunidad cristiana, será también como un molde, como un nuevo vientre materno, que te irá formando hasta la edad perfecta del hombre nuevo que Cristo quiere hacer en Ti y, por medio tuyo, quiere hacer a toda la comunidad, una comunidad de santos, una comunidad de hermanos, una comunidad de hijos de Dios, la comunidad de la alegría, de la libertad y el servicio. Un servicio que hemos de aprender siempre.

Hoy, podríamos decir que yo te daré un nuevo talento, un nuevo talento que te capacitará de un modo muy particular para servir al pueblo de Dios. Es verdad que esto te dará derechos ante el pueblo de Dios. Derechos que haz de usar y haz de usar precisamente para esto, para servir. Que nadie te quite el derecho de ser el más servidor de todos. Que nadie te quite el derecho de ser el último de todos. Jesús lo hizo así. Sé que te esfuerzas por hacerlo. Yo mismo he disfrutado y disfruto de tu compañía, de tu asistencia y de tu servicio y te lo agradezco profundamente. Pero no te confundas, el día de hoy, más que un punto de llegada, es un punto de partida.

Esta vocación, mis queridos hermanos, es preciosa. Agustín está muy contento de haberla recibido y está haciendo sinceros y grandes esfuerzos por corresponderla generosamente. Muchos de ustedes son testigos directos de ello, pero les pido, les ruego, que pidamos al Señor más. Que pidamos por todos los sacerdotes, que pidamos por los muchachos y chicas de nuestras comunidades. Como lo dije el primer día de mi presencia aquí, en esta querida diócesis, a veces tenemos que empezar por actos más básicos: ayudar a que los muchachos y chicas mantengan o recuperen la capacidad para enamorarse. Agustín tiene su corazón lleno de amor y esto tenemos que difundirlo como una gran riqueza en todo el pueblo de Dios. Muchachos y chicas, hombres y mujeres, ancianos, niños, todos, todos, viviendo intensamente el gran regalo de nuestra vida: la libertad de corazón para amar con toda el alma, por toda nuestra vida, para toda la eternidad.

La Santísima Virgen, si quieres, no va a dejar de ayudarte. Tu familia te ayudó de un modo muy particular a recibir la fe y a recibir con gratitud la vocación sacerdotal. Hoy la Iglesia empieza a ser de alguna manera tu esposa y todos sabemos que las esposas tienen, bajo un título nuevo, algo de maternales. Por ello, la Iglesia empieza a ser hoy de un modo nuevo tu madre. El cariño que le tienes a la Santísima Virgen y la eficacia de su intercesión harán también fecunda la acción de la Iglesia en tu vida. Que seas fermento de unidad y alegría.

Demos gracias a Dios por este regalo y pidamos más, muchos más. Que así sea.”