Compartimos a continuación la homilía de nuestro Obispo diocesano con ocasión de la Misa Crismal, celebrada en la Iglesia Catedral el pasado miércoles 12 de abril. En esta celebración, los sacerdotes renuevan sus promesas sacerdotales. Por eso esta homilía es dirigida especialmente a quienes tienen la misión de colaborar con el pastoreo de nuestro Obispo en cada comunidad parroquial.

Queridos hermanos sacerdotes:

Nos reunimos nuevamente en nuestra querida Catedral de Villa María que hace presente el Cenáculo de Jerusalén, donde Jesús ordenó sacerdotes a sus primeros doce, durante la última cena.

Aunque espiritualmente nos remontamos al día de nuestra propia ordenación sacerdotal, este regreso se asemeja también al que tenían los discípulos después de las misiones apostólicas que el Señor les encomendaba. Entonces él les decía, vengan aparte a descansar un poquito y ellos le contaban entusiasmados las alternativas de su apostolado. No habrán faltado tampoco los desahogos de sus sinsabores o perplejidades ante los llamados “fracasos”.

En cualquier caso, volvemos hoy a la fuente de nuestro sacerdocio, el cenáculo y el Corazón de Jesús. El Señor nos recibe con alegría. Puede quizás la escena de hoy compararse con el encuentro que los padres tienen con sus hijos ya casados que vuelven periódicamente a la casa paterna. No vuelven solos sino con el amor de su cónyuge y los hijos frutos de ese amor. Así también, el Obispo y esta Catedral que los han visto partir solos un día como jóvenes sacerdotes, los reciben hoy nuevamente, acompañados ahora espiritualmente por los fieles de sus comunidades parroquiales, que son como las familias que han formado con su amor y entrega generosa.

Mis queridos sacerdotes, gracias por esta visita y felicitaciones por la perseverancia fiel en su consagración y misión. Muchas veces, en mis visitas a las parroquias, Uds. me suelen decir que allí estoy en mi casa. Se los agradezco. Yo también les digo: esta Catedral es su casa, la casa Paterna y la casa Materna. Aunque no hayamos sido físicamente ordenados sacerdotes en este templo, es bueno que todos lo vivamos como tal. Que nadie se sienta huérfano entre nosotros. Es tarea mía, pero es también tarea de todo el presbiterio y de toda la Iglesia. Que ningún sacerdote se sienta solo, que ningún sacerdote se sienta que no tiene familia. Tenemos familia, tenemos Padre, tenemos Madre y tenemos hermanos. Ojalá siempre vivamos como tales.

Este misterio del que hablamos es un don, un regalo inmerecido que recibimos gratuitamente pero por el que hemos de saber entregar la vida. Ese fue el precio que Jesús pagó por él y al que nosotros libremente nos adherimos. Es una adhesión de amor que se hizo obediencia a la voluntad de Dios y libre obediencia a la Iglesia. Una vez más, demos gracias por la libertad interior que recibimos con la vocación sacerdotal a la que hemos respondido y procuremos mantenerla fresca con esa generosa obediencia cada vez más madura y más leal a la Iglesia.

Nuestro sacerdocio es el mismo sacerdocio de Cristo, por ello, así como la gente se preguntaba de Jesús ¿Quién es éste? ¿por quién se tiene?, también del sacerdote caben estas preguntas y las respuestas de la gente son muchas. Nosotros, enseñados por Dios y la Iglesia respondemos una vez más: no soy la Palabra, soy solo la voz. No venimos con autoridad propia y no venimos para hacer nuestra voluntad. Es Cristo mismo que continúa su misión y la hace llegar hasta los confines de la tierra por medio nuestro. Para ello nos ha elegido y nos ha ungido. Esta unción no es exterior ni principalmente funcional. Es una especial efusión del Espíritu Santo que nos identifica con Cristo y nos capacita para dar a los hombres la vida de hijos de Dios y el perdón de sus pecados. Tenemos una autoridad divina para formar la familia de los hijos de Dios, para reunir a todos los hombres dispersos por el pecado. No es una misión de corto alcance ni del pasado, sino que tiene plena vigencia y es particularmente necesaria en nuestra patria.

La humildad que nos da el recuerdo de nuestros límites no nos oculta la fuerza de la misión recibida. No nos dejemos abatir por las dificultades. Hagámonos fuertes en la oración y la íntima fraternidad sacramental de nuestro sacerdocio, cultivada particularmente por el afecto de la Virgen Inmaculada, nuestra Madre. No faltarán los frutos y veremos la alegría que brota en torno nuestro por la misericordia de Dios recibida y dispensada a nuestro pueblo.

Mis queridos hermanos, demos gracias a Dios por el sacerdocio de Cristo ejercido en su Iglesia. Cuidemos con delicadeza este don y urgidos por el amor de Dios y de su pueblo, pidamos al Señor que se multipliquen los llamados. Sabemos que están, procuremos descubrirlos y hacerles resonar en su corazón la invitación que una vez nos enamorara a nosotros: “Ven y sígueme”.